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Devocional
“Pero cuando Dios nuestro Salvador dio a conocer su bondad y amor, él nos salvó, no por las acciones justas que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia. Nos lavó, quitando nuestros pecados, y nos dio un nuevo nacimiento y vida nueva por medio del Espíritu Santo.”
Tito 3:4-5, (NTV)
Tesoro Bíblico
Salvados por Su misericordia
Pablo comienza este capítulo hablando de cómo un creyente debe vivir en medio de la sociedad. “Deben estar dispuestos a hacer lo que es bueno. No deben difamar a nadie y deben evitar las peleas. En cambio, deben ser amables y mostrar verdadera humildad en el trato con todos.” (Tito 3:1-2)
Pero entonces surge una pregunta: ¿Cómo podemos tratar con gracia incluso a personas difíciles? Pablo responde recordándonos de dónde venimos: “En otro tiempo nosotros también éramos necios y desobedientes. Fuimos engañados y nos convertimos en esclavos de toda clase de pasiones y placeres.” (Tito 3:3)
Hay algo profundamente transformador en recordar esto. Antes de mirar con superioridad los errores de otros, debemos recordar: Nosotros también necesitábamos ser rescatados. No llegamos a Cristo porque éramos mejores. No fuimos salvados porque teníamos nuestra vida ordenada. Entonces aparecen dos palabras que cambian completamente la historia: “Pero cuando…” “Pero cuando Dios nuestro Salvador dio a conocer su bondad y amor, él nos salvó…” (vv.4-5)
Dios intervino. No porque nosotros lo mereciéramos: “No por las acciones justas que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia.” (v.5) Este es el corazón del evangelio. No nos salvamos nosotros. Él nos salvó. Y no solamente perdonó nuestro pasado. “Nos lavó… y nos dio un nuevo nacimiento y vida nueva por medio del Espíritu Santo.” (v.5)
¡Qué extraordinario! Dios no vino simplemente a mejorar nuestra antigua vida. En Cristo recibimos una vida nueva. Y Pablo continúa: “Derramó su Espíritu sobre nosotros en abundancia por medio de Jesucristo nuestro Salvador.” (v.6)
Aquí vemos toda la obra de Dios:
- Su bondad nos alcanzó.
- Su misericordia nos salvó.
- Cristo nos justificó.
- Su Espíritu nos dio nueva vida.
- Y ahora tenemos esperanza eterna.
Por eso dice: “Por su gracia él nos declaró justos y nos dio la seguridad de que vamos a heredar la vida eterna.” (v.7)
Pero esta gracia produce algo. Pablo inmediatamente agrega que quienes han confiado en Dios deben: “Dedicarse a hacer el bien.” (v.8)
Aquí está el equilibrio maravilloso del evangelio: No hacemos el bien para que Dios nos salve. Hacemos el bien porque Dios nos salvó. La gracia que recibimos comienza a fluir hacia otros. Por eso Pablo también nos advierte que no desperdiciemos nuestra vida en: “Discusiones necias…” (v.9)
Hay conversaciones que construyen y otras que solamente consumen nuestro tiempo, dividen y desgastan. Una persona transformada por la gracia aprende no solamente qué hacer, sino también en qué no gastar su vida.
Y casi al final vuelve a insistir: “Los nuestros tienen que aprender a hacer el bien al satisfacer las necesidades urgentes de otros; entonces no serán personas improductivas.” (Tito 3:14)
La gracia recibida termina convirtiéndose en una vida útil para los demás. La misericordia de Dios nos encontró como éramos, pero Su gracia no nos dejó como estábamos.
No hacemos el bien para conseguir la gracia de Dios; hacemos el bien porque Su gracia ya nos alcanzó y está transformando nuestra vida.
Punto de Acción
Hoy recordemos por un momento de dónde nos sacó Dios. Eso debería producir dos cosas en nosotros: Gratitud hacia Dios y misericordia hacia las personas.
Cuando veas a alguien luchando con su vida, antes de juzgarlo recuerda: “Yo también necesité misericordia.” Y preguntémonos:
¿Qué está produciendo la gracia de Dios en mi vida?
¿Me estoy volviendo más amable?
¿Más humilde?
¿Más dispuesto a ayudar?
¿Menos interesado en discusiones inútiles?
¿Más atento a las necesidades de otros?
No intentemos demostrarle a Dios que merecemos Su amor. Ya fuimos alcanzados por Su misericordia. Ahora vivamos de tal manera que otros puedan experimentar, a través de nosotros, algo de esa misma gracia.
El Señor te bendiga.