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“La voluntad de Dios es que sean santos, entonces aléjense de todo pecado sexual.”

1 Tesalonicenses 4:3, (NTV)

Preparados para encontrarnos con Él

Hay una frase en este capítulo que revela con mucha claridad el anhelo de Dios para nuestra vida: “La voluntad de Dios es que sean santos…” (1 Tesalonicenses 4:3)

Dios quiere llevarnos al cielo algún día. Pero también Dios quiere transformar nuestra vida hoy. La palabra santificación habla de una vida que está siendo apartada para Dios, limpiada y transformada por Él. Por eso Pablo comienza diciendo: “Vivan de una manera que agrade a Dios.” (1 Tesalonicenses 4:1)

Los creyentes de Tesalónica vivían rodeados de una cultura con valores, prácticas y deseos completamente diferentes a los de Cristo. Y nosotros enfrentamos el mismo desafío.

La cultura puede decirnos:

“Si lo deseas, hazlo.”
“Tu cuerpo es tuyo.”
“Lo importante es sentirte bien.”
“Todos viven así.”

Pero Dios nos llama a algo diferente. “Cada uno debe aprender a controlar su propio cuerpo y vivir en santidad y honor, no en pasiones sensuales como viven los paganos, que no conocen a Dios ni sus caminos.” (1 Tesalonicenses 4:4-5)

¿Por qué Dios establece límites? No porque quiera privarnos de la vida, sino porque conoce aquello que puede terminar destruyéndonos. El pecado promete libertad, pero termina esclavizando. Puede dañar nuestro corazón, nuestras relaciones, nuestra familia y, sobre todo, nuestra comunión con Dios. Por eso la santidad no es un castigo. La santidad es protección, libertad y pertenencia. Pablo lo declara: “Dios nos ha llamado a vivir vidas santas, no impuras.” (1 Tesalonicenses 4:7).

Hay algo fundamental: No podemos producir esta transformación solamente con nuestras propias fuerzas. Pablo inmediatamente recuerda: “Dios… les da su Espíritu Santo.” (1 Tesalonicenses 4:8)

Es el Espíritu de Dios quien trabaja en nosotros, confrontándonos, limpiándonos y formando cada vez más el carácter de Cristo.

Y entonces ocurre algo precioso en el capítulo. Después de hablar de santificación, Pablo levanta nuestra mirada hacia la venida de Jesús. “Pues el Señor mismo descenderá del cielo con un grito de mando, con voz de arcángel y con el llamado de trompeta de Dios.” (1 Tesalonicenses 4:16)

¡La trompeta sonará! Cristo regresará. Y aquellos que pertenecemos a Él tenemos una expectativa gloriosa: “Entonces, junto con ellos, nosotros, los que aún sigamos vivos sobre la tierra, seremos arrebatados en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Entonces estaremos con el Señor para siempre.” (1 Tesalonicenses 4:17).

Aquí las dos grandes verdades del capítulo se encuentran:

Santidad y esperanza.

Mientras el mundo nos invita a vivir solamente para el presente, nosotros vivimos mirando hacia Cristo. Hay un encuentro que esperamos. Hay una trompeta que un día sonará. Hay un Rey que regresará. Y hay un Espíritu que mientras esperamos está preparando nuestro corazón. No vivimos en santidad para ganar ese encuentro. Vivimos en santidad porque pertenecemos a Cristo y esperamos encontrarnos con Él.

La esperanza del regreso de Jesús cambia la manera en que decidimos vivir hoy.

Mientras esperamos que suene la trompeta, permitamos que el Espíritu Santo prepare nuestro corazón para encontrarnos con Jesús.



Hoy podemos preguntarnos: ¿Hay algo en mi vida que el Espíritu Santo quiere purificar? Quizás hemos normalizado algo simplemente porque nuestra cultura también lo normalizó. Pero nuestra referencia ya no es: “¿Qué está haciendo todo el mundo?” Nuestra pregunta es: “¿Qué agrada al Señor?”

Permitamos que el Espíritu Santo examine nuestros deseos, pensamientos, relaciones, sexualidad, decisiones y hábitos. No desde el miedo. Sino desde una expectativa: Cristo viene. Y queremos vivir cada día perteneciendo completamente a Él.

Que cuando aquella trompeta finalmente suene encuentre a una iglesia que ama a Jesús, que espera a Jesús y que ha permitido que Su Espíritu transforme su corazón.

El Señor te bendiga